Hirundo rustica: La golondrina y sus veranos
Algo desde antes ya andaba mal. Que el Barcelona reciba cuatro goles frente a un equipo que en su torneo local hace mucho no gana nada, hace pensar que las deidades encargadas del fútbol no trabajan entre semana. Jonathan en la banca por protección (acierto de Vucetich), Chelito con casaca de suplentes por pretensión; apenas la jornada tres y “el Rey Midas” ya piensa en dosificaciones.
Que el plantel sea basto no quiere decir que los que no juegan regularmente, tienen el mismo nivel que los que si lo hacen. Para colmo, Ayoví con perfil cambiado volvió a hacerse pequeño en el estadio olímpico Universitario festejando de forma sublime su partido 100 en la Liga Mexicana y con una constante que nos hace tenerlo siempre en el extremo de los sentimientos: o lo odiamos o lo amamos. Sí, demostró una vez más que de defensa no tiene más que la de su coche.
El problema no radica en perder ni en reventar cuando el resultado no está a tu favor. La verdadera problemática aparece cuando ves a un Ayoví que brinca dos tortillas de harina (de las de Tía Rosa, las más delgaditas) cuando su función es la de hacer hasta lo imposible porque un remate de cabeza a 10 metros de distancia no perfore tus redes; tal vez no podía hacer nada por evitar el gol, pero de hacer por lo menos el intento no estaríamos escribiendo esto. La contrariedad de este equipo nace del creer que todos sus jugadores serían titulares en cualquier otro club; no seamos ciegos, Morales hace mucho que no es lo que algún día aparentaba; Mier sin Basanta pierde ubicación y Carreño pinta para ser el próximo Gansito Padilla. Jugadores que no dejan nunca de ser amuletos, cuando el mote de amuletos no es más que una aberración pues te etiqueta de eterno novato que no está preparado para ser titular.
Por más amor que le tenga a este equipo, hoy no hay métrica en esta columna. No quieran justificar a los jugadores diciendo que no hicieron un mal partido, pero que la suerte no estuvo de su lado porque no es verdad. El futbol no es de suerte sino de aciertos. En la medida en que nos quitemos esa venda de los ojos que nos hace creer que el equipo está para ganar todos los partidos por el simple hecho de tener a una de las nóminas más caras y mejor formadas de todos los tiempos en la historia de la liga, podremos descubrir qué tan lejos se puede llegar trabajándolo día a día.
De nada sirve tener a uno de los mejores tres delanteros del continente, a dos jugadores que ya fueron campeones en Europa, al 10 de la selección de Ecuador y a siete jugadores activos en la selección mexicana sino se empieza por respetar la esencia de cualquier deporte: humildad y respeto por la práctica de esta pasión. Lo demás son tonterías.
Una golondrina no hace verano. Obviamente el equipo de Monterrey en esta era de triunfos jamás ha permitido que una derrota –circunstancial si así lo quieren ver- lo meta en un bache del cuál no podría salir. Dejémonos de quejas, lloriqueos y reclamos. Es hora de empezar a ver las cosas como son y por esto tenemos mucho que agradecerle al equipo de Guillermo Vázquez: nos demostró que nadie es eterno. Mucho menos invencible.
Si alguien nos tenía que dar una lección de humildad, bienvenido sea que provenga del actual campeón. Un equipo que trabaja desde abajo no porque así lo quiera sino porque así es como puede.
A capítulo terminado hay que darle vuelta a la página, pero siempre subrayando con marcatexto todo aquello que llamó nuestra atención y puso en tela de duda nuestro progreso. Así a la hora de la retroalimentación, si somos inteligentes, haremos hasta lo imposible por evitar tropezar con la misma piedra.
¡Dale campeón de campeones!
Escrito por: Pedro Luna Hernández





